ACTIVIDADES MALAGA REPUBLICANA

EL CRIMEN DE LA CARRETERA DE MÁLAGA-ALMERÍA (FEBRERO DE 1937)

Mañana, día 06 de Febrero, la Plataforma Málaga Republicana, organiza una marcha en homenaje y recuerdo a las victimas de la masacre fascista en la carretera Málaga-Almería.

¿Pero qué ocurrió ese fatídico mes de febrero? Eso es lo que nos proponemos desde está página, dar toda la información posible, para que los malagueños, y todos los ciudadanos conozca esos terribles hechos acaecidos en la carretera que va desde Málaga a Almería.

EL CRIMEN DE LA CARRETERA DE MÁLAGA-ALMERÍA

(FEBRERO DE 1937)

Aquí os dejamos un fragmento del libro La Caravana de la Muerte, del Dr. Norman Bethune,  Norman era médico canadiense, que en 1936  al estallar la Guerra Civil Española, aceptó una invitación de la Comisión de Ayuda a la Democracia Española encabezando la Unidad Médica de Canadá en Madrid. Se incorporó al Batallón Mackenzie-Papineau, que estaba integrado por los comunistas de Canadá y otros izquierdistas, y partió para Madrid el 3 de noviembre  de 1936. Una de sus intervenciones más dramáticas se produjo durante la masacre de la carretera Málaga-Almería, cuando se desplazó expresamente desde Valencia hacia Málaga  para socorrer a la población civil que estaba siendo masacrada durante su huida de la ciudad, que había sido tomada por el bando facista, hacia Almería. Durante tres días, él y sus ayudantes  socorrieron a los heridos y ayudaron en el traslado de refugiados hacia la capital almeriense. Esta traumática experiencia le llevaría a escribir su relato que a continuación podeís leer.

Fragmento del libro de Norman Bethune

“EL CRIMEN DE LA CARRETERA DE MÁLAGA – ALMERÍA”

“La evacuación masiva de la población civil de Málaga comenzó el domingo día 7. Un contingente de 25.000 tropas alemanas, italianas y moras entraron en la ciudad el lunes día 8 por la mañana; tanques, submarinos, barcos de guerra, aviones, todos a la vez, para aplastar a las defensas de la ciudad mantenidas por un pequeño y heroico grupo de tropas españolas sin experiencia militar, tanques, ni aviones que los defendieran.

El temor ante la llegada del violento “tercio” moro inicia el éxodo.

Los así llamados “nacionalistas” entraron en lo que prácticamente era una ciudad desierta, del mismo modo que habían hecho en cada pueblo y ciudad asediada en España.

Así que imagínense a 150.000 hombres, mujeres y niños disponiéndose a marcharse en búsqueda de seguridad hacia una ciudad situada o más de 100 millas a pie. Hay una única carretera que pueden tomar. No hay ninguna otra manera de escapar.

Más de 150.000 personas emprenden la marcha hacia Almería.

Esta carretera, limítrofe por un lado, con las altas montañas de Sierra Nevada, y por el otro, con el mar está construida sobre la ladera de unos acantilados y sube y baja a más de 500 pies por encima del nivel del mar. La ciudad que deben alcanzar es Almería, y está a más de doscientos kilómetros más allá. Un joven fuerte y sano puede caminar a pie unos 40 o 50 kilómetros diarios. El viaje a que estas mujeres, ancianos y niños debían enfrentarse les llevará a 5 días y 5 noches de camino, al menos.

La mayoría de los refugiados eran heridos, ancianos, mujeres y niños.

No encontrarán alimentos en los pueblos, ni trenes, ni autobuses para transportarlos. Ellos debían caminar y a medida que iban andando se tambaleaban y tropezaban con los pies llenos de rajas y de heridas de ir por el pedernal y el ardiente asfalto de la carretera, los fascistas los bombardeaban desde el aire y les disparaban desde los barcos de guerra.

Ahora lo que quiero contarles es lo que yo mismo vi de esta penosa marcha, la más grande y terrible evacuación de una ciudad en los tiempos actuales. Llegamos a Almería a las cinco del día 10 con un camión refrigerado, cargado de sangre almacenada desde Barcelona. Nuestra intención era continuar hacia Málaga para poner transfusiones de sangre a los heridos. En Almería, oímos por vez primera que Málaga había caído y fuimos advertidos de no ir más lejos ya que nadie sabía ahora donde estaba la línea del frente enemigo, pero todos estaban seguros de que la ciudad de Motril había caído también.

Entre el mar y la montaña, la carretera de Málaga-Almería fue una trampa mortal.

Pensamos que era importante continuar y descubrir como se desarrollaba la evacuación de los heridos. Salimos por la tarde a las seis por la carretera de Málaga y a unas cuantas millas más allá nos encontramos con la cabeza de la lamentable procesión. Aquí estaban los más fuertes con todas sus pertenencias sobre los burros, las mulas y los caballos. Los pasamos, y cuanto más lejos íbamos, aún más penosa a la vista, se hacían los espectáculos.

Según Norman Bethune, más de cinco mil niños desarrapados y hambrientos iban en la caravana.

Miles de niños, contamos unos cinco mil de menos de diez años, y al menos, mil de ellos iban descalzos y, muchos de ellos cubiertos con una sola prenda. Estos iban recolgados de los hombros de sus madres o agarradas a sus manos. Aquí habla un padre que iba tambaleándose con dos niños, uno de un año y otro de dos años, sobre sus espaldas, además de estar cargando cazos y sartenes, junto con alguna valorada pertenencia.

A pesar de la ayuda solidaria, los más débiles murieron de agotamiento.

El incesante torrente de gente llegó a ser tan denso, que apenas podíamos forzar el coche entre medio. A ochenta y ocho kilómetros de Almería nos suplicaron que no fuésemos más lejos, ya que los fascistas estaban justo detrás.

Por entonces habíamos pasado al lado de tantas mujeres y niños afligidos que pensamos que lo mejor era volver y comenzar a poner a salvo los peores casos. Era difícil elegir cuales llevarse, nuestro coche era asediado por una multitud de madres frenéticas y padres que con los brazos extendidos sujetaban hacia nosotros sus hijos, tenían los ojos y la cara hinchada y congestionada tras cuatro días bajo el sol y el polvo.

Junto a un cadáver, una madre intenta alimentar a su hijo moribundo.


“Llévense a este”‘; “miren este niño’; “este está herido”. Los niños envueltos de brazos y piernas con harapos ensangrentados, sin zapatos, con los pies hinchados aumentados de dos veces su tamaño, lloraban desconsoladamente de dolor, hambre y agotamiento. Doscientos kilómetros de miseria. Imagínense, cuatro días y cuatro noches, escondiéndose de día entre las colinas ya que los bárbaros fascistas los perseguían con aviones, caminaban de noche agrupadas en un sólido torrente, hombres, mujeres, niños, mulos, burros, cabras gritando los nombres de sus familiares desaparecidos, perdidos entre la multitud.

La ambulancia de Bethune prestó


 


 

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